Charla III del 27 de Enero

(El castellano de esta versión estuvo revisado por mi amigo Néstor Braunstein que agradezco)

Introducción

1. Al final de mi primera charla de octubre, he intentado dibujar el panorama de lo que sería la vida sexual de los sujetos contemporáneos. Me fue preciso constatar que están sumergidos bajo las olas del malestar de una cultura volcada del lado de la pornografía, o sea una cultura que deja al margen el erotismo, al negar esta muerte que podría confirmarse en la vida.

2. Quisiera hoy mostrar cómo se puede incorporar de nuevo la muerte en la vida, convirtiéndose uno en el artesano de los espejos que reflejan esta ambigüedad estructural en la vida de los seres humanos.

3. Si hablo de “espejo”, es en el sentido que da Michel Leiris a esta palabra, cuando propone el título de : Espejo de la Tauromaquia, para ilustrar a sus lectores franceses, no tanto en la tauromaquia misma, sino en lo que refleja esta “proyección ideal”, como se expresa el autor al respecto, a saber : nuestra “desdicha” esencial, “que nos arrastra a construir tal proyección [incitándonos también] a destruirla, como si se tratara de una venganza contra su carácter pronto dominador y su naturaleza decepcionante de alucinación.” (p.62) (En la traducción de Isidro Herrera que es la más asequible publicada en Arenalibros.com.)

4. Lo interesante para nosotros es que opone estos artesanos construyendo esta forma de espejo a la proyección que proporciona la religión, en la medida en que su concepto es dedicarse a “proscribir la muerte o enmascararla detrás de vaya a saber qué arquitectura de intemporal perfección”, lo que sería “la ocupación senil de la mayor parte de los filósofos y fabricantes de religión”, mientras que estos constructores de espejos se emplean en enseñarnos, en la “proyección ideal” que ofrecen, nuestra “desgracia” esencial.

5. Ahora bien, mientras que la principal función de la religión es dedicarse a “neutralizar las desgracias, y principalmente la muerte”, estos “constructores de espejos” intentan resolver el problema de “una asimilación de estas desgracias por las cuales no importa en absoluto dejarse arruinar o corromper, por poco que se pueda operar su transmutación mítica en fermentos de exaltación”.

6. A partir de allí, se entenderá que lo que quiero destacar es el hecho de que Leiris señala que “esta transmutación mítica en fermentos de exaltación”, que realiza la corrida de toros, no es solamente la obra de “la creación estética”, sino de “cualquier medio” que pudiesen inventar “los artesanos lúcidos de nuestras revelaciones”.

7. Pues pretendo que los psicoanalistas pueden o deben hoy considerarse como formando parte de estos “artesanos lúcidos” obrando para propiciar cierto tipo de revelación, aportando seguramente algo que tiene que ver con un desengaño más que con un consuelo, aunque no exento también de cierta forma de exaltación.
Asumo poder afirmar esto en la medida en que su función puede definirse con bastante precisión si se sigue el surco labrado por Leiris cuando escribe: “Quiero hablar de todos los que tienen como meta más urgente a realizar la de armar algunos de estos hechos donde se puede creer que se ubica el lugar donde uno se siente tangente al mundo y a sí mismo, porque nos hacen subir hasta el nivel de una plenitud que comporta su propio tormento y su propia irrisión.”

8. Ahora bien, este punto huidizo de una “tangencia al mundo y a sí mismo”, quiero proponerles que lo encuentren en nuestro discurso, ubicándolo en todos estos puntos donde Freud emplea una palabra a mi parecer muy torpe, cuando los identifica en lo que ha llamado la castración, y que hará falta, si no se oculta o desvía hacia un mero lugar de goce, volver a pensar gracias a Leiris y Bataille como la fuente siempre activa del erotismo, o sea de lo que se puede pensar como una contradicción que nunca se podrá superar o resolver.

9. Sé que hay aquí, entre quienes me oyen, algunos que podrían apreciar la analogía que se me ocurre a propósito del estilo en que se plasma esta contradicción, deportándola en la polémica que hubo en la historia de la filosofía entre Hegel y Kierkegaard. Con la visión retroactiva que hoy podemos tener, cabe pensar que la no-relación que se mantuvo entre Lacan y Bataille puede ser comparada, si la hacemos explicita, con la polémica acerba que existió en filosofía entre alguien (Hegel) que nunca conoció a ese contradictor que vino después de su muerte, mientras que entre los grandes continuadores de Hegel, fue Lacan que llegó después de Bataille (de todos modos ambos alumnos de Kojève, el introductor de Hegel en Francia). La diferencia es que Lacan adoptó la estrategia de nunca mencionar a su contrincante, que sí acabó pobre, pero apoyado por toda una cohorte de amigos prestigiosos y admiradores que lo sostuvieron antes de su muerte, mientras que el segundo acabó famoso y muy rico, como el self made man que se jactaba de ser, pero con aduladores y sin ninguno de sus antaño amigos que lo acompañasen a la hora de la muerte.

TR. Relataré en un primer tiempo las razones que expone Leiris para interesarse en la tauromaquia:

A. Un acontecimiento ¿“científicamente ingeniado”?

1. Vale la pena señalar que Leiris empieza su descripción mencionando el Dios de Nicola de Cusa;

  • a. que, en tanto que autor de La docta ignorancia, puede ser considerado como uno de los ancestros más indubitables de la referencia lacaniana a lo que sería una cierta manera de utilizar lo matemático, o sea lo integralmente transmisible, en un dominio totalmente distinto del que se formaliza en la escritura matemática.
  • b. que está referido aquí por la definición que da Cusa de Él como :“coincidencia de los contrarios”.
  • c. Un dios que no se piensa sólo conceptualmente, y a la manera de San Anselmo, como una esencia que no puede pensarse sino tuviese existencia.
  • d. que se plantea como vivenciado por los sujetos humanos, si y cuando se encuentran en ciertos lugares.

2. Estos lugares se pueden definir:

  • a. geométricamente: Como aquellos donde uno se siente “tangente al mundo y a sí mismo”;
  • b. funcionalmente: Son puntos de contacto entre:
    • 1) nuestra inmanencia perdida y nuestra ineludible transcendencia de sujetos atados a las cosas, como diría Bataille;
    • 2) “entre lo más íntimo que hay en el fondo de nosotros mismos, dice Leiris, y lo más turbio e incluso lo más impenetrablemente escondido”.
  • c. temporalmente: Manifestándose por tensiones seguidas de distensiones, acercamientos y alejamientos, montañas rusas de ascensos y descensos, de sacralización y desacralización, caracterizando la vida pasional en general y no sólo la “genital”.
  • d. económicamente: Estos instantes deben su fulguración al hecho de situarse en la encrucijada de una unión y una separación, de una acumulación y de un gasto frenético.

3. Estos lugares se ejemplifican:

  • a. en ciertos espectáculos violentos como la tragedia, donde todo gravita alrededor de una crisis que habrá que saber anudar y desanudar;
  • b. en el placer experimentado en los deportes o los juegos (especialmente de azar), cuando tienden a provocar una dinámica emocionante;
  • c. en la ocasión en que estos hechos privilegiados, se descubren a nosotros mismos, gracias a alguna afinidad o secreta analogía y por la intensidad que toman, más que todos los demás de la vida cotidiana,
  • d. de tal forma que acaban tomando el aspecto de ser “experiencias cruciales de revelación”.

4. Se puede entonces pensar que:

  • a. estos acontecimientos que son “agentes de una especie de química moral”, “han sido más o menos científicamente ingeniados” para responder a tal extremo, o, se puede pensar hoy, después del acontecimiento Freud, para restablecer la posibilidad que eso vuelva a ocurrir,
  • b. en la medida en que estos hechos cruciales y revelaciones son cada vez menos frecuentes “en una época como la nuestra”, dijo ya Leiris, sabiendo que la nuestra, bajo ese aspecto de la fiesta, ha ido todavía hacia peor.
  • c. la caracteriza Leiris por el hecho de:
    • 1) ver a los sujetos aplastados por la necesidad inmediata,
    • 2) enganchados de tal manera que el hombre, a cada instante, parece más resignado a ese divorcio consigo mismo,
    • 3) un divorcio que es facilitado por la hipertrofia del pensamiento lógico y por el abandono a un estrecho empirismo, camuflado bajo la etiqueta de “realismo”
  • d. mientras que en otros siglos y otras épocas,
    • 1) tenían lugar ritos, juegos y fiestas, que servían como “válvula de escape natural a los movimientos de la afectividad”, gracias a los cuales los hombres podían imaginar que “habían firmado un pacto con el mundo y que se habían reencontrado consigo mismos”.
    • 2) Una purgación opera allí dando satisfacción a aquellos accesos de fiebre que no tienen ya otra necesidad que la de tomar una vía explosiva o de pedir prestado un disfraz utilitario o racional funesto.
  • e. En nuestros días y en nuestras civilizaciones,
    • 1) ya no es posible encontrar salida confesable para estas agitaciones subterráneas sino de forma “esporádica y fragmentaria”,
    • 2) o bajo la forma edulcorada de creaciones artísticas, que han dejado de echar raíces profundas en el entusiasmo colectivo;
    • 3) de allí un tedio, una impresión de “vida castrada”, al punto que, al parecer a algunos, incluso “las más catastróficas coyunturas (la guerra mundial contra el fascismo estaba por estallar…) parecen deseables”, porque al menos tendrían el poder de poner en juego nuestra existencia en su totalidad.

5. Una institución como la corrida

  • a. dada la situación actual que se caracteriza por una rara deficiencia por todo cuanto concierne a la fiesta,
  • b. donde las plazas de toros, como es el caso de Barcelona, acaban convertidas en lugares donde se puede gastar dinero en ropa o comida, lo que dista mucho de ser una fiesta,
  • c. la corrida, que parece desarrollarse, como lo plantea Hemingway, según un esquema análogo al de la tragedia antigua,
  • d. adquiere un valor particular, pues parece responder a las exigencias del que tendríamos derecho de esperar todo espectáculo diese satisfacción,
  • e. dado que, bajo el ángulo de la actividad erótica, el arte taurómaco revestirá el aspecto de uno de estos hechos reveladores que nos iluminan acerca de las partes oscuras de nosotros mismos.

TR. 1. Si el practicable analítico se ocupa precisamente de estas partes, valdrá la pena aquí preguntarse si la metáfora del espejo, incluso para la tauromaquia, es la adecuada.

2. Y, si la corrida “encierra (en este espejo), ya objetivada y como prefigurada, la imagen misma de nuestra emoción”, no dudaremos también en preguntarnos qué modelo ofrece al psicoanálisis.

3. A partir de ahora, voy a utilizar en efecto la descripción que hace Leiris de esta institución, como sumando una serie de rasgos que podrían servir a plantear lo que es la “institución del análisis”.

B. El tipo ideal que ofrece la tauromaquia al psicoanálisis

I. Mis hipótesis de lectura

1. Basta con considerar el análisis como un intento de restablecer la relación de inmanencia al mundo que ofrecen los animales, para extraer las hipótesis que siguen:

  • a. Si se puede identificar al inconsciente al que uno se acerca en el marco del análisis, con el toro en la corrida, se debe también identificar
  • b. a la muleta y a todos los pases que proporciona su uso, con la actuación del psicoanalista ubicándose en el semblante y convirtiéndose en señuelo, o sea lo que se designa como “objeto a” en el lacanismo.

2. A partir de allí, todas las reglas de la tauromaquia, con la secuencia misma que se desarrolla en la corrida, pueden ser transpuestas:

  • a. La afición taurina puede equipararse al papel que desempeña la transferencia,
  • b. otorgando al “paciente”, convertido en analizante, un papel tan activo como el del matador,
  • c. el papel del analista consistiendo en supeditar a la faena del analizante un público simbolizado por su escucha concretizada en la ausencia de otro público.

3. De hecho, el público que ofrece la dimensión de la escucha de lo que dicen las palabras en el vacío de esta ausencia de público que ofrece el consultorio del analista se materializa:

  • a. por la identificación reiterada de este umbral entre lo sabido que no ha sido dicho y lo dicho que es escuchado por primera vez,
  • b. por el reconocimiento de que esta primera vez es la creación de algo más real que el espejismo del sujeto supuesto saber al que se dirigía el analizante,
    c. en la medida en que se convierte en su denuncia transgresora, o, mejor dicho, matadora,
  • d. de modo tal que el análisis se convierta en su conjunto en la empresa de matar al silencio de un indecible, o sea de reencontrarse con la ausencia de palabra de este animal que era el infante, en tanto privado aun de la capacidad de decir,
  • e. esta incapacidad viéndose cada vez más debida a la instalación de un superyó cuya fuerza se incrementa a partir del pudor y de la vergüenza que se imponen al cuerpo del niño y que condicionan la represión.

4. A partir de allí, el análisis en su conjunto puede redefinirse como la empresa de burlar a la muerte amenazante que instala la civilización mediante la instauración y la generalización de una represión de toda esta vida donde las pulsiones podrían verse satisfechas en un estado de inocencia. La palabra que se otorga en su lugar tiene como meta restablecer, enfrentándose al toro, la ceremonia sagrada de matarlo como el héroe trágico que es, de hecho, todo neurótico.
Según lo que dice Leiris: “lo que confiere este valor singular a la hazaña del torero es su lado esencialmente “trágico”: todas las acciones realizadas son preparativos técnicos o ceremoniales para la muerte pública del héroe, que no es otro que ese semidiós bestial, el toro.”

II. ¿En qué la tauromaquia (o el psicoanálisis) es ¿“más que un arte”?

1. “Es como si la tauromaquia estuviera en su conjunto concebida para servir de ejemplo a disciplinas estéticas, propiamente dichas”.
(Leer el texto a continuación de la página 33-34, hasta “hecha y deshecha”)

2. Una belleza “convulsa”, pero que “hunde sus raíces en un terreno extraño al dominio estrictamente estético.”

  • a. ya que aparece en ella “una falla, una grieta, tránsito que se ha trazado la desgracia que ella debe forzosamente encerrar” (p. 35, donde se retoma la concepción de la belleza de Baudelaire más que la de Bretón)
  • b. ya que debe siempre mostrar una dualidad antagónica: “Todo pasará siempre entre esos dos polos antagónicos que actúan como fuerzas vivas: por una parte, el elemento derecho, de belleza inmortal, soberana, plástica; por otra parte, el elemento izquierdo, siniestro, situado del lado de la desgracia, del accidente, del pecado.” (p. 36)
  • c. puesto que pone en escena la representación de una tangencia: “Lo bello tomará teóricamente, antes que el de una conflagración, el aspecto de una lucha equivoca, de un enlazamiento, o, mejor dicho, de una tangencia: acoplamiento de la línea recta y de la línea curva, nupcias de la regla y de su excepción.” (p. 36)

3. Esa laguna que se abre al elemento izquierdo se resume en el pase, o sea cuando el hombre fuerza el toro a darle la réplica: (leer en p. 37-38). Se destacan los elementos siguientes para hacer del “pase” la metáfora más adecuada de lo que es el acto analítico:

  • a. Se trata esencialmente, gracias a la transferencia dentro de la pareja que forman el analizante y su analista, de favorecer el mismo tipo de acercamiento que ocurre entre el toro y su torero dentro de este pase que favorece esta tangencia o convergencia inmediatamente seguida por una divergencia.
  • b. El exponerse al azar de las asociaciones y ocurrencias imprevisibles, o sea a la geometría del juego con las aristas del significante, es equiparado al juego de la corrida en el cual es imprescindible a la geometría fríamente bella del desafío a la bestia de combarse para evitarla por las torceduras del torero que son el único medio para evitar el maleficio del toro.
  • c. Se realiza así una forma de incorporación parcial del toro por el matador, merced al acto de imprimir a su persona algo ligeramente avieso: el acto lateral de combarse, o sea de hacerse izquierdo (gaucheo u se gauchir), con todas las connotaciones de esta palabra en francés. La tarea consiste así en corregir la brutal desfachatez de un inconsciente que embiste, haciéndole cometer errores en los cuales se delata su juego.
  • d. Hay entonces geometría, pero con desobediencia, la torcedura constante del matador haciéndole asumir el papel sea de “ángel tentado” (el analista) sea de milagroso superviviente (el analizante).

4. El papel del público, o sea de la ausencia de público, que es determinante para provocar la toma de consciencia del peligro evitado o de la hazaña asumida. Una vez (re)introducido, se puede apreciar:

  • a. cómo es por un mínimo desfase que la tangencia completa, que sería necesariamente catastrófica, es evitada, quedando todo ligeramente más acá y cómo este más acá infinitesimal se aprecia mejor si el hombre se mueve con lentitud, con esa lentitud ritmada del conjunto de la maniobra, que se llama el “temple” en la corrida y que se obtiene en el análisis cuando una repetición compulsiva acaba siendo evidente, al verse denunciada como tal dentro del marco de la palabra que la convierte en recuerdo caducado.
  • b. cómo la bestia se ve domeñada por la utilización del señuelo, capa o muleta que atrae el toro, pero que no es más que un substituto del hombre, al igual que “el diablo se ve embaucado cuando recibe como pago, no su presa que es el alma, sino sólo su sombra”, de la misma manera que el psicoanálisis no debe más considerarse como una ciencia del alma (psicología), sino come una ciencia de su sombra.
  • c. y cómo es por una serie de desplazamientos que se obtiene la sustitución de la capa o muleta, al blanco humano. El hombre no cesa de crear un vacío que el toro inmediatamente llena, hasta el final de la corrida, cuando el hombre que se creería que es la víctima será sustituido por el toro a quien se devuelve la muerte que planeaba. Todo el proceso analítico aparece bajo este enfoque como la sustitución por el sacrificio ritual de algo que se consideraba sagrado, en vez de la muerte anunciada a la victima que el neurótico ha sido y quiere seguir siendo.

Conclusión

1. Nos reconocemos en tanto analistas, cuando Leiris hace de la corrida “una especie de noble ilusionismo o de generosa prestidigitación cuya apuesta –la vida humana que se trata de salvar– se alza al nivel de verdadera magia, de efectiva transmutación”.

2. De la misma manera que “el charlatanismo se ve materializado en la corrida por ese andrajo resplandeciente o ese largo manto de dudosos pliegues”, nuestra faena no puede quedar en el nivel de una mera terapia y debe tener algo de la belleza de un invento o de una creación ex nihilo, gracias a la indispensable pimienta, a la grieta o degradación que da vida a la belleza de nuestra impostura.

3. La tauromaquia está presentada como el ejemplo típico de un arte cuya condición esencial de belleza es “un desvío, una disonancia, un desfase”. (Leer aquí el último párrafo de la p. 42)

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