Charla IV del 26 de febrero

Introducción:

1. Dedico más especialmente el tramo de este seminario (si me puedo permitir, para nombrar estas charlas, el uso de un palabra religiosa…) a mi amigo Néstor Braunstein, en la medida en que, tratándose aquí del erotismo (tanto de la cosa misma como del contenido de los dos libros de Bataille), estoy en posición de notar la ausencia de este término en el discurso de Lacan, mientras que se habla (en su lugar?) en términos de goce, tal como el gran libro de mi dedicatario lo destaca en su título mismo (Goce, Siglo XXI, México, 1990, y en su traducción francesa : “La jouissance, un concept lacanien, Érès, Toulouse, 2005).

2. Ahora bien, como lo recuerda Lacan mismo en la primera sesión de su Seminario XX (Aún), el goce es un concepto jurídico que puede equipararse con el de “usufructo”, que designa el derecho de poder usar una cosa sin necesariamente poseerla, lo que tiende a introducir un límite en este uso, significando que no se debe despilfarrarla, gastarla, como si uno la poseyera de verdad.

3. Pues es precisamente en este punto que se sitúa la diferencia de enfoque entre Lacan y Bataille. Mientras que en el discurso de Lacan nunca se pone de relieve que hace falta tomar en cuenta, para disfrutar del cuerpo de otro, que deba confrontarse con su muerte, en todas las ocurrencias donde Bataille habla de erotismo, debe el sujeto enfrentarse ante todo con el límite de la muerte, o sea de la pérdida misma de la cosa gozada, la sexualidad humana viéndose, a partir de allí en la obra de Bataille, como un constante desafío : la única manera de seguir deseando el cuerpo de otro a través de las varias figuras del erotismo es de enfocar su muerte, y no de apoderarse de él para disfrutar de su goce, el cual aparece por cierto como siempre decepcionado por una pérdida, programada en función mismo de su estatuto de cosa o por el hecho de tener necesariamente que ver el falo reducirse a su significación que lo lleva a negar al cuerpo que goza de su presencia supuesta o de su necesaria ausencia.

4. No es entonces una mera casualidad si el proyecto de tratar el tema del erotismo nos ha hecho desembocar en este rodeo de la corrida que podría aparecer como un desvío, si uno se olvidara de notar que la muerte desafiada se encuentra a cada rato, por poco que un toro bravo salga a la luz de las arenas y se vea enfrentado con su posible víctima. No es así tampoco por casualidad que hemos salido de los análisis etnológico-históricos de Bataille para encontrarnos en el ensayo de Leiris sobre la tauromaquia, donde veremos hoy que asistimos a su vez a un retorno del campo de las arenas al del amor o de “la cama”, como se expresa Lacan al inicio de Aún, sin pasar jamás el umbral de lo convenido de las alusiones con las cuales se entretienen los médicos en sus salas de guardia…

La corrida como hilo de Ariadna en el campo del amor mismo

(Lectura de los capítulos IV y V del Espejo de la Tauromaquia)

Introducción:

1. Definición de la tauromaquia: Más que de un deporte, se trata de un arte trágico, donde la harmonía apolínea se encuentra deformada (“gauchie” = izquierdizada) por la insurrección de fuerzas dionisíacas.

2. Hay un lazo subterráneo que se puede descubrir entre la”materia del arte” y la “materia sexual” y que hace que se entretejen la belleza, en tanto implicando una “atracción sexual” y el acto carnal, siempre supuesto implicar un esfuerzo artístico.

3. Stricto sensu, “el erotismo” puede ser definido como un “arte del amor”: una estetización del simple acto carnal que se trata de organizar en una serie de experiencias cruciales. Pero, lato sensu, se confunde con el conjunto de las “obras de la carne” que logran hacer del erotismo (a diferencia del goce, lo subrayo), ya sea bajo la forma del pecado, ya sea como una idea de juego, de lujo, de placer tomado fuera de cualquier consideración utilitaria, una condición necesaria de la excitación sexual, que no puede entonces quedarse fuera de la esfera de lo estético.

4. Pero el punto capital en materia estética y en la era moderna es de poder desentrañar el hilo que hace llegar por una fisura o desviación a “la capa más profunda de la naturaleza humana”, que pasa por el erotismo como forma más condensada y más típica del amor carnal, si y cuando se juega bajo la luz del pecado o por lo menos de este juego culpable, en tanto suntuario y gratuito.

5. Todas las analogías que se descubren entre la corrida y la actividad sexual pueden entonces servirnos de hilo de Ariadna.

A. La corrida se halla por completo bañada en una atmósfera erótica.

1. Un paralelismo constante

  • a. El prestigio particular del matador con su traje de luces que no debe carecer de “sex-appeal”, una cosa que hace de él un personaje donjuanesco o tenido por tal.
  • b. Una gran parte de su trabajo tiene un carácter coreográfico.
  • c. El toro toma en ese contexto el papel de una figura esencialmente fálica.
  • d. Se nota la proximidad del hombre y del animal, unidos en una estrecha danza con acercamientos y alejamientos que hacen pensar en los movimientos del coito.
  • e. Toda esta parada amorosa se concluye por una intromisión que es la estocada final.
  • f. Todo este espectáculo necesita la presencia del público, exactamente como en una orgia la presencia de terceros desempeñando el papel de mirones es imprescindible.
  • g. Para el aficionado, ir a la corrida es como ir a una cita.
  • h. Se ofrece allí una válvula de escape a los deseos agresivos que son íntimamente ligados a toda vida sexual.

TR. Se comprueba sin embargo que el erotismo que emana de la corrida dista mucho de ser un goce, cuya definición, por lo menos jurídica, estipula que ése no puede cesar.

Al contrario, “la ansiedad acerca de cómo se desarrollará la cosa” es una parte integrante del erotismo donde todo es tan imprevisible, un rasgo tan evidente de la corrida misma, ya que:

  • a) del lado de los matadores, todos, incluso los más grandes, tienen sus horas de pánico o de mala sombra;
  • b) y del lado de los espectadores, cuando se sale de una mala corrida, hay el sentimiento de haber asistido a algo sucio y decepcionante, como el que deja una orgia fallida.

2. El pase taurómaco como símil del coito:

  • a. A cada rato en ese espectáculo hay este ascenso a la plenitud, culminando en la aproximación del toro cuyo cuerno roza el vientre del hombre con los pies clavados,
  • b. seguido por la separación de los actores, la divergencia después del íntimo contacto, el desgarramiento…
  • c. Si el toro responde bien y si el matador sabe elaborarlo, asistimos al espectáculo donde se ven comprometidos, en la tanda de pases ligados, hasta llegar a crear un vértigo que recuerda muy estrictamente el vértigo erótico.
  • d. La repetición, de la misma manera que en los gestos del coito, multiplica en cada golpe la embriaguez: uno está colmado a cada instante por un placer que asciende y con la angustia que ése pueda cesar con el éxtasis de ver que sigue continuando.
  • e. Se acompaña todo esto con el sentimiento de estar en peligro como en los sueños de volar, que son a la vez angustiosos y deliciosos, ya que se ve constantemente burlado el pronóstico pesimista: el hombre todavía vive y el toro está siempre alrededor de él que lo envuelve.
  • f. Bruscamente el sortilegio llega al desenlace (lo que permite conjurar lo insoportable, añado yo, de un goce eterno) y la ovación del público juega el papel de una descarga, produciendo una bajada del potencial nervioso, semejante a un descenso de la fiebre: una forma de eyaculación que tiene los bravos como esperma.

Leer aquí la cita de las pp. 49-50, donde se pueden destacar los puntos siguientes:

  • 1) “un sujeto pensante puede creer, durante un breve lapso de tiempo, que se une materialmente al mundo, reunido a un único ser vivo.”
  • 2) “pero se topa con un límite ineludible: la comunión total de dos seres sólo podría tener lugar en la muerte.”
  • 3) “Esta incapacidad de comunión equivale a la presencia de una falla, de un margen de descenso entre la curva que llevaría al punto de tangencia ideal y la curva ligeramente desviada.”

TR. La teoría correcta del amor inspirada por estos análisis de Leiris:

1) No nos lleva hacia un más allá (del “principio de placer”) y entonces hacia una caída en el goce ilimitado, sino hacia un más acá, o sea: la aparición de un infinitamente pequeño: “una gota de agua que siempre faltará para que desborde el vaso,

2) Ya sea a causa de nuestro temor de una reticencia de último momento, ya sea a causa de nuestra propia lucidez que toma medida de las cosas e introduce este margen de retroceso.”

3) Sobreviene entonces esta toma de consciencia de que la estocada final que viene a poner un punto al conjunto de la corrida es lo que correspondería a “esas ganas de matar –o de hacer el mal o de odiar activamente– dirigidas hacia el partenaire o hacia sí mismo.”

B. El erotismo como momento de revelación de lo izquierdo.

1. La fase de repugnancia que sucede al acto sexual:

  • a. es la consecuencia del momento refractario después de la eyaculación del hombre y del momento de decepción para una excitación llevada a su límite en la mujer;
  • b. es la expresión retardada del impulso de agresión que se vivencia en relación inmediata con el “prurito sexual, estas ganas irreprimibles que son “la traducción del sentimiento de haberse dejado engañar,
  • c. que se experimenta una vez adquirido el conocimiento de la grieta, del margen de imposibilidad.”

2. La quiebra del amor

  • a. adquiere fácilmente el aspecto de una bola de nieve, al topar con la imposibilidad de una fusión completa.
  • b. El viraje producido por el descubrimiento de esta falla, a partir del momento en que se crea esta bola de nieve, “no puede ser limitado sino por el proceso automático de transformación del odio en su contrario” (subrayo yo esta inversión del vector freudo-lacaniano que recalca más bien la transformación del amor en odio).
  • c. Si es el vacío producido por el pasaje del sentimiento de plenitud a la desilusión, a la percepción de una carencia, es lo insoportable de esa lesión lo que no puede menos que provocar una nueva aspiración desgarradora.

3. La sabiduría de Leiris le hace asestar que:

  • a. Si es la insuficiencia que ha deshecho el amor, es nuestra misma desesperanza la que lo hace resurgir.
  • b. Eso le inspira en dar una serie de ejemplos que van de los juegos de la infancia que acaban en las lagrimas, a la embriaguez y el desamparo infinito en el que uno se abisma cuando acaba de obtener lo que deseaba.
  • c. Se obtiene así que todo desgarramiento sentimental tome la figura de un camino abierto, del precio que se paga para una nueva partida, de la toma de medida de nuestro vacío que se convierte en nuestro infinito, todo este proceso funcionando como una revelación.

4. En la creación artística,

  • a. se debe especular sobre la existencia de la grieta que marca la intrusión de la desgracia en la belleza perfecta.
  • b. Lo mismo debe ser intentado en el arte del amor o “erotismo” que resulta consistiendo en “introducir voluntariamente en la actividad sexual un elemento izquierdo”,
  • c. que es lo que va a servir de primer resorte para la emoción: una disonancia, un desajuste, algo que deja de desear y que va precisamente a relanzar el deseo.
  • d. Resulta de eso que nada hay de carnalmente exaltante que no venga a ser ambiguo de antemano, que no se sitúe en “el punto de intersección entre lo derecho y lo izquierdo, allí mismo donde se declara la insuficiencia y se desencadena el viraje”, que lleva del deseo al amor, añadiría yo.

5. Eso es en relación directa con la ironía romántica,

  • a. que parte de la percepción de un límite, de una insuficiencia, de un desgarramiento para transformarla en fuente de una exaltación.
  • b. Pasando, otra vez, del lado del erotismo, se comprueba que no sólo en el desenfreno se encuentra una intención de desviar, de transgredir (por lo menos de “actuar con exceso, con fasto, extralimitándose”), sino que en el acto de amor mismo se encuentra la huella original de ese pecado, de esta ruptura con las normas establecidas: “una zambullida en la pura desnudez asocial” (subrayo yo).

TR. Leiris acaba su salida, por el hilo de Ariadna de la corrida, del laberinto del erotismo recalcando lo que diferencia ese último de otras actividades en las cuales el cuerpo humano es el centro:

  • 1) es la presencia de ese elemento izquierdo cuya conjunción con el derecho hace que estalle el sentimiento de lo sagrado cuya definición pasa siempre por el oxímoron, esta unión de las dos naturalezas –izquierda y derecha– haciendo que la separación con la tangencia se produzca siempre por un hiato infinitesimal,
  • 2) mientras que en los deportes donde todo es sano, todo es derecho.
  • 3) Lo que sale aún más a la luz si se compara, por ejemplo, la faena del nadador de la obra del “torero, el poeta, el amante, por los cuales toda acción se funda en la ínfima pero trágica grieta por la que se delata todo cuanto hay de inacabado (literalmente de infinito) en nuestra condición.”
  • 4) Leiris concede sin embargo que el acróbata aéreo puede despertar ese vértigo sagrado.
  • 5) Y añadiría yo otra excepción que sería la del psicoanalista cuando deja su cuerpo, mediante su voz, a la disposición del analizante para ingeniarlo científicamente a poner en marcha el proceso de su análisis, que comporta, como la corrida misma, tres tercios que nos queda por identificar.

C. La faena taurómaca tomada como modelo ilustrativo de lo que es el psicoanálisis.

1. Un proceso orientado desde el inicio por su fin.

  • a. Toda la corrida, como sacrificio que es, tiende hacia su paroxismo: la ejecución de la muerte.
  • b. Y desde la primera sesión se debe poder vislumbrar –o consta que se puede anunciar– que el análisis tendrá un fin,
  • c. un fin que se puede ya prever como lo que resulta de una desacralización.

2. El desenlace optimista de la corrida.

  • a. La muerte, lógicamente reservada al torero, debe pasar por la estocada al toro.
  • b. Las cosas quedan repuestas así a su lugar: lo izquierdo a la izquierda y lo derecho a la derecha.
  • c. El torero que, durante todo el tiempo anterior estuvo junto al toro, “como Empédocles inclinándose al borde del cráter” (una comparación que no disgustaría a Freud) está ahora de regreso al mundo profano: “no es ya sino un vago comicastro, más o menos simpático, según haya trabajado mejor o peor”.
  • d. Del lado de las víctimas, todo había sido, desde el inicio, juiciosamente repartido: al toro, la muerte noble, a los caballos, pasivamente eventrados, el papel de letrinas, de chivos expiatorios.
  • e. En la corrida se produce una especie de elaboración del elemento maléfico, de tal forma que manifieste solamente al final, en la figura más depurada de una grieta y que la conflagración de contrarios, mal desenmarañados, es sustituida por la ambigüedad.

TR. Todos estos términos van a poder encontrar su traducción adecuada en el marco del psicoanálisis, más que nada si y cuando constataremos que puede, él también, dividirse en tres “tercios”.

3. Los tres tercios de la corrida y su reencuentro en el análisis.

1) El primer tercio

  • a. La forma brutal (y como titánica) del conflicto es cuando se desarrolla con adversarios no suficientemente diferenciados y cuando el toro tiene la cruz señalada por las heridas de los picadores, y los cuernos ensangrentados, si ha llegado a eventrar los caballos.
  • b. El tramo del análisis que va de las entrevistas preliminares al final de la psicoterapia que se obtiene muy fácilmente y bastante rápido y donde los caballos con los picadores, enfrentándose a los obstáculos al análisis que hace falta escamotear, representan las sugerencias bajo transferencia, la fuerza del síntoma y la fe en el análisis, que deben por lo menos marcar suficientemente al toro hasta permitirle que se enfrente con el torero mismo, representado a este estadio por el analista mismo como sujeto supuesto saber que hará falta sorprender y destituir, lo que es poder llegar al :

2) segundo tercio en la tauromaquia

  • a. el tramo cuando se plantan los tres pares de banderillas en la cruz del animal, para adornar la victima del sacrificio, para acabar de consagrarla,
  • b. que expresa un antagonismo en términos mucho más definidos,
  • c. donde el toreador provoca el animal a cuerpo limpio y logra escapar a sus cuernos sólo con finta y quiebra,e tramo teniendo por objeto, técnicamente, aplomar el toro, aflojándole los músculos, de modo que tenga la cabeza menos alta en un combate que ha ganado en precisión y en despojamiento, o sea sin la seducción de la muleta.

3) El segundo tercio en el marco de un análisis

  • a. es el tramo del que se puede menos hablar en términos generales, ya que se trata del periodo más o menos largo en el cual las fuerzas en presencia se miden a partir de la posibilidad ofrecidas por cada una de las formaciones que el inconsciente pone en la batalla.
  • b. Se entra en esa fase cuando pueden verse analizadas estas formaciones con las banderillas del significante, el toro adelatando así poco a poco sus puntos débiles.
  • c. Es ante todo el proceso por el cual se pasa cuando el toreador deja de ser directamente el analista, que consigue poco a poco dejar las riendas del análisis al analizante mismo, ya que es él, al fin y al cabo, quien sabe mejor donde deben plantarse estas banderillas en la cruz de su inconsciente.

4) El tercer tercio, o “tercio de muerte” en la corrida, es el del sacrificio.

  • a. Puede parecer que el instrumento de matar es la espada que da el estoque. En realidad, es la muleta que atrae el toro en la red apretada de los pases que se esfuerzan de dominarlo para poder cuadrarlo, cuando llega a estar las cuatro patas aplomadas y la cabeza gacha en la posición propicia para la ejecución mortal.
  • b. No se entra en ese tercio sino cuando la oposición adquiere su forma más ambigua, en esta odiosa danza de los adversarios que es un “vals fúnebre”.
  • c. Es allí entonces donde se manifiesta con el máximo esplendor la falla del elemento izquierdo que delata la desgracia metafísica del fracaso fatal de la imposibilidad de una fusión completa, la tangencia viéndose eludida al último momento por una quiebra infinitesimal.
  • d. Es precisamente en este punto que aparece lo sagrado, cuando la muerte del matador se ve eludida por la inmolación de la víctima, lo que hace que la grieta llega claramente a revelarse.

5) El tercer tercio transpuesto al proceso analítico mismo.

  • a. Una traducción punto por punto que cada uno de aquellos elementos debe permitir, si se consigue, obtener una teoría de lo que puede ser un fin de análisis propiamente dicho que se vería claramente logrado, cuando nunca eso podría obtenerse en el marco de una psicoterapia.
  • b. Se puede decir que uno se acerca a un fin de análisis si y cuando la muleta de todo el ceremonial transcurrido para hacerla a través más precisamente este juego con la presencia y ausencia de la persona del psicoanalista mismo (ya que es este juego que define su función) se delatan como puro semblante, ficción verídica quizás, pero también devenida demasiado ficticia, el verdadero obrero del análisis revelándose ser el analizante mismo y la acción del analista resumiéndose en poder no oponerse al proceso con los obstáculos que antepone de las idiosincrasias de su persona : sus actos con la muleta han servido a aplomar el toro y cansarlo hasta que sonara la hora de su sacrificio.
  • c. No hay duda de que se pueda en este tramo de un análisis rozar lo odioso: todo lo que se dice o se intenta para salvar la figura del analista aparece ambiguo, mientras esa estatua se ve desplomándose, corroyéndose, hasta que se derrumbe, al no funcionar más como el símbolo de lo real que estaba en juego en el proceso de analizar un inconsciente, de tal forma que acaba ese símbolo haber merecido verse revocado.
  • d. La muerte de un sacrificio se ve por cierto evitada, pero una vez desacralizado todo lo que mantenía en pie la escena, esa se convierte en una farsa, la tragedia de la muerte del toro convirtiéndose en la comedia de una despedida con el analista para siempre, destituyéndolo.

Conclusión

1. La corrida puede describirse como un proceso de “cristalización gradual del elemento izquierdo”.

  • a. El elemento siniestro se presenta al fin en su aspecto más insidioso y refinado (lapsus, a parte impidiendo que la experiencia sea enteramente consumada).
  • b. Pero la tragedia, a medida que avanza hacia su fin, se desarrolla en un ambiente progresivamente purificado, para que se muestre más propicio a la entrada en escena de lo sagrado.

2. El análisis aparece paralelamente como un procedimiento pautado para revelar que:

  • a. en el ámbito del amor, la estructura de la subjetividad aparece determinada por la “castración”
  • b. lo sagrado aparece como constitutivo del análisis, cuando la castración aparece en el marco donde se desarrolla para parar la tragedia, obstaculizándola por un fallo, desviando la muerte del torero al toro, del gran Phi al menos phi, para seguir con la jerga lacaniana, del Falo sin límite al límite del falo.
  • c. Se logra pasar de esta manera de la tragedia a la comedia, recogiendo todo lo que la tragedia ha logrado revelar sin caer en ella al final, eso ocurriendo por medio del delirio experimental de la palabra, desligada en el diván de todo rumbo, que permite acceder a la fuente de saber que es el delirio, sin caer en su sistematización sin pérdida.
  • d. Si la corrida acaba con la distinción clara entre el matador y el toro, el análisis acaba también cuando el analista aparece en tanto tal como causa o desecho de toda la operación significante y se distingue así claramente del analizante con el cual formaba una pareja tan unida como la del derecho con el izquierdo.

3. Comentario que se puede hacer de la lectura de la cita de la página 60.

  • a. Allí donde la corrida se puede definir como “un ritual impecablemente reglamentado” que sería el “docto tratamiento de lo izquierdo, cada vez expresamente situado, es decir definido y educado, de manera que pueda ser aniquilado de un golpe y le ceda el sitio a lo derecho”,
  • b. se podría también escribir lo mismo del procedimiento que es el análisis, salvo que su dispositivo no apunta hacia “educar” lo izquierdo, sino analizarlo precisamente, y no permite “aniquilarlo de un golpe” sino desmenuzarlo pro una serie de golpes, las sesiones, que acaban apareciendo como una serie que puede converger, de tal forma que no se deba necesariamente “ceder el sitio a lo derecho” sino vivir en mejor inteligencia con lo inseparables que resultan ser lo derecho con lo izquierdo, o sea: lo que es el concepto mismo de “castración”.

4. La corrida queda sin embargo un espectáculo, lo que induce Leiris a precisar que:

  • a. “no es lo mismo en el erotismo ni mucho menos aún en el amplio dominio del amor”:
  • b. en ello, elementos análogos están en juego, pero en estado siempre salvaje, porque enraizados directamente en la vida,
  • c. no podemos entonces encontrar en él ni la majestuosa ordenación ni la conclusión optimista de la corrida, la cual plantea la ambigüedad, pero la resuelve casi de inmediato tal como se corta de un tajo un nudo gordiano.
  • d. Y Bataille, inducido, me parece, por la honestidad de Leiris, asume, él, la dificultad de tener que desanudar el nudo, en vez de cortarlo, enfrentándose, como lo veremos, a la presencia, siempre fantasmal del sadismo en el marco del amor humano.

 

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