De dónde vienen los niños

De dónde vienen los niños

“Con otro compañero, que era mi verdadero amigo, Max Schiebl, hijo de un general, íbamos los tres desde el colegio a casa por la Prinzenallee. Deutschberger llevaba la voz cantante, parecía saberlo todo sobre el mundo de los adultos y nos lo transmitía con crudas palabras. Para él el Prater, como Schiebl y yo lo conocíamos, tenía otra cara. Captaba al vuelo ciertas conversaciones que se desarrollaban entre los clientes del puesto de gulasch y chascaba la lengua al repetirlas ante nosotros. Siempre añadía los comentarios de su madre, que no le ocultaba nada, parecía no tener padre y era hijo único. Schiebl y yo esperábamos con interés el camino de vuelta a casa, pero Deutschberger no se animaba enseguida a hablar, hasta que no dejábamos atrás el campo de deportes del WAC, Wiener Athletic Club, no se sentía libre para iniciar su verdadero discurso. Creo que necesitaba cierto tiempo para preparar el material con el que escandalizarnos cada vez. Siempre terminaba con la misma frase:

-Nunca es demasiado pronto para aprender cómo es realmente la vida, dice mi madre.

Tenía un instinto seguro para el efecto y exageraba cada vez más sus historias. Mientras se trataba de duelos a cuchillo, atracos y asesinatos le escuchábamos. Era contrario a la guerra, lo que a mí me gustaba; a Schiebl, en cambio, esto le molestaba e intentaba llevarlo con preguntas a otro tema. Yo me avergonzaba de hablar en casa de estas conversaciones, durante un tiempo fueron nuestro secreto bien guardado, hasta que el éxito se le subió a la cabeza a Deutschberger y se atrevió a la máxima temeridad, y hubo un gran escándalo.

-Ya sé de donde vienen los niños –dijo de pronto un día-, mi madre me lo ha dicho.

Schiebl era un niño mayor que yo, el problema ya había empezado a preocuparle y yo me uní con cierta reluctancia a su curiosidad.
-Es muy sencillo –dijo Deutschberger-, igual que el gallo se azacana encima de la gallina, el hombre se azacana encima de la mujer.
Yo, imbuido de las veladas con mi madre dedicadas a Shakespeare y a Schiller, me enfurecí y grité:

-¡Mientes! ¡Eso no es cierto! ¡Eres un embustero!
Era la primera vez que me oponía a Deutschberger. Se mantuvo insolente y repitió su frase. Schiebl callaba y Deutschberger descargó todo su desprecio sobre mí.

-Tu madre no te dice nada. Te trata como a un niño pequeño. ¿No has visto nunca lo que hace un gallo? Igual que el gallo, etc. Nunca es demasiado pronto para aprender cómo es realmente la vida, dice mi madre.

Faltó poco para que me liara a golpes con él. Los dejé a los dos y corrí por el solar vacío a casa. Siempre comíamos juntos sentados a una mesa redonda, logré dominarme ante mis hermanos pequeños y no dije nada, pero no podía comer y estaba a punto de llorar. En cuanto fue posible llevé a mi madre hasta el balcón donde solíamos tener nuestras conversaciones serias durante el día y le conté todo. Naturalmente ella había notado enseguida mi agitación, pero cuando descubrió la causa se quedó sin habla. Ella, que siempre tenía una respuesta redonda y clara para todo, ella, que siempre me daba a entender que yo también era responsable de la educación de los pequeños, guardó silencio, por primera vez calló, y calló durante tanto tiempo que me dio verdadero miedo. Pero luego me miró a los ojos y con el tratamiento que yo conocía de nuestros grandes momentos dijo solemnemente.

-Hijo mío, ¿crees a tu madre?

-¡Sí! ¡Sí!

-Pues no es cierto. Miente. Eso jamás se lo ha dicho su madre. Los niños vienen de otra manera más bella. Yo te lo contaré más adelante. ¡Ahora aún no quieras saberlo!

Sus palabras me quitaron al instante las ganas de averiguarlo. Era verdad que aún no quería saberlo. ¡Si lo otro no era más que una mentira! Ahora yo sabía que era una mentira, y además una mentira abyecta, ¡porque Deutschberger había inventado lo que su madre nunca le había dicho!

A partir de ese momento odié a Deutschberger y lo traté como a escoria humana. En el colegio, donde él era un mal alumno, nunca más volví a soplarle. En el recreo, cuando quería acercarse a mí, le volvía la espalda. No hablé una sola palabra más con él. La vuelta a casa a tres quedó suspendida, y obligué a Schiebl a escoger entre Deutschberger y yo. Hice algo todavía peor. Una vez, el profesor de geografía le pidió que señalara Roma en el mapa, y el señaló Nápoles; el profesor no se dio cuenta pero yo me levanté y dije:
-Ha señalado Nápoles, eso no es Roma.

Y le pusieron una mala nota Era una manera de proceder que normalmente había despreciado, yo me solidarizaba con mis compañeros y les ayudaba siempre que podía, incluso en contra de profesores a los que apreciaba. Pero las palabras de mi madre me habían inspirado tal odio por Deutschberger que cualquier acción contra él me parecía lícita. Por primera vez sentí lo que es la adhesión ciega, sin que hubiera vuelto a pronunciarse otra palabra sobre él entre mi madre y yo. Estaba enconado con él y le veía como un malvado, en una conversación larga le hablé a Schiebl de Ricardo III y le convencí de que Deutschberger era como ese personaje, solo que joven, y que había que pararle los pies.”

Elías Canetti: La lengua salvada. Obra completa 3. Debolsillo. Barcelona, 2012. Págs. 162-165.

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