El Entenado

El Entenado

El Entenado (la soledad, la mentira, el sufrimiento)

El Entenado. Juan José Saer. Rayo Verde, Editorial. Barcelona, septiembre. 2013.

Este texto fue sugerido por Jacques Nassif, en el transcurso de la charla del 26 de junio de 2015, a propósito del potlatch.

Además de recomendar encarecidamente su lectura, me permito entresacar unos párrafos que me han parecido muy interesantes:

Toda vida es un pozo de soledad que va ahondándose con los años. Y yo, que vengo más que otros de la nada, a causa de mi orfandad, ya estaba advertido desde el principio contra esa apariencia de compañía que es una familia”. Pág. 38

Esos indios no mentían nunca. Hablaban poco y siempre por razones precisas. El arte de la conversación les era desconocido. Los cabildeos no eran propiamente conversaciones sino un intercambio de ideas que lanzaban, lacónicas, a la concurrencia, que a su vez las recibía sin comentarios. A veces, entre una pregunta y su respuesta podían pasar horas. Y la agitación verbal que a veces ganaba esas reuniones no era el resultado de la abundancia de alocuciones, sino de la repetición, que podía cambiar de fuerza y de velocidad, de dos o tres frases cortas y chillonas y a veces incluso de una sola palabra. Los saludos convencionales que se dirigían y el exceso de fórmulas corteses parecían ser, desde el punto de vista de ellos, un mal necesario. Esta pobreza oral es para mí prueba de que no mentían, porque en general la mentira se forma en la lengua y necesita, para desplegarse, abundancia de palabras. El olvido y la ignorancia parecían genuinos: era como si una parte de la oscuridad que atravesaban quedase impregnada en sus memorias, emparchando de negro recuerdos que, de seguir presentes, hubiesen podido ser enloquecedores.” Pág. 95

Me permito aquí sugerir la lectura del texto de Néstor A. Braunstein: Memoria y espanto o el recuerdo de infancia. Siglo XXI. México. 2008. Primera reimpresión, 2010.

Hay, me dijo una vez, poco tiempo antes de morir (a propósito del padre Quesada, el único personaje que tiene nombre en esta novela), dos clases de sufrimiento: en una se sabe que se sufre y, mientras se sufre, una vida mejor, cuyo gusto persiste todavía en la memoria, es escamoteada; en la otra, no se sabe, pero el mundo entero, hasta la más modesta de sus presencias, se presenta para el que lo atraviesa, como un lugar desierto y calcinado. Ese sufrimiento ignorado, me decía el padre, sin mirarme por temor, sin duda, de verlo aparecer sin que yo mismo me diese cuenta en los relieves de mi cara, los exorcistas podían, si gustaban, con sus latinismos, ponerse a hostigarlo pero era seguro que no existía sonda capaz de darle alcance y que, para borrarlo del mundo había, al mismo tiempo, que aniquilar el mundo con él”. Pág. 122

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