El Síntoma. Parte 2

El Síntoma. Parte 2

Freud tuvo la suerte de partir del síntoma, y por lo tanto de lo que no anda. No se trataba para él de medirlo con la vara de una salud mental cuyo carácter de ideal es incluso problemático, puesto que resulta imposible conceptualizarlo; tampoco se trataba de especular sobre él a la manera de un filósofo.

En efecto, lo que lo guía es una práctica: la corrección, proveniente de lo real, es en este caso permanente.

Felizmente también, ese síntoma era, como se sabe, histérico. Ahora bien, ¿qué es lo que se da a entender en la histeria, sino el sujeto cuando no puede funcionar o está imposibilitado de expresión? Lo haya querido o no, Freud se encontró así enfrentado al enigma moderno por excelencia, el de los límites del poder de la palabra, y por lo tanto de la apropiación de sí y del objeto. Estos límites, ¿son contingentes -histórica, culturalmente determinados, incluso reservados a un sexo- o bien necesarios? En tal caso, ¿qué necesidad revelarían? Así se abrió un debate entre «enfermedad» y «curación», puesto que ésta implica (cf. el complejo de Edipo) un reconocimiento del límite imperioso de ese poder. La «curación» parece así depender del síntoma por destinación, en tanto ella necesita la renuncia al objeto de elección y, al mismo tiempo, a serlo. La «enfermedad», en cambio, parece ligada a la tentativa de evitar esa limitación, la limitación que el mito edípico hará llamar «castración», puesto que el acceso al ejercicio sexual pasa por una renuncia al deseo originario.

El síntoma neurótico, en sentido estricto, es así producido por el rechazo de la coacción que exige el acceso a la vida sexual, el rechazo del renunciamiento desdichado que ella demanda. Al mismo tiempo que causa inhibición o angustia, alimenta un goce llamado pregenital, ordenado en todo caso en torno a los orificios del cuerpo, y cuya fijación puede hacer obstáculo a la cura. ¿Por qué la «curación» pasaría por la pérdida de un objeto esencialmente ligado al cuerpo y cuyo ocultamiento puede parecer que vale más que el hipotético y torpe goce sexual prometido?

En El malestar en la cultura, Freud subraya esta incapacidad del hombre, animal desnaturalizado, para acceder a una sexualidad que sea menos incierta, menos ambigua, menos conflictiva. El lugar del síntoma se encuentra así desplazado para tener que ver con las condiciones generales de nuestro acceso al sexo. Y si es cierto que el inconsciente es efecto de lenguaje y que la cura no tiene más medios que los de la palabra, si la formación neurótica se deja descifrar como una concreción literal, y si la pulsión es del orden de un montaje gramatical, conviene reconocerles a las propiedades de la lengua el poder de determinar nuestro destino, sintomático en todos los casos.

La lengua, ¿no marca nuestras relaciones sociales con una falta comparable, si es cierto que cava el lugar del explotador ávido de capitalizar la plusvalía (Mehrwert) que falta en toda retribución «justa» del trabajo? Marx había recortado la plusvalía en el principio de nuestro funcionamiento social, como síntoma que lo organiza.

La cuestión que, para Lacan, cierra su recorrido, interroga la evitabilidad de esa falta, lo que ella le debe a nuestro amor al Padre. El nudo borromeo, figura topológica notable porque solidariza tres nudos que se vuelven separables cuando se rompe uno de ellos, ilustra para él la posibilidad de que se mantengan juntas las categorías de lo real, lo simbólico y lo imaginario sin que las hilvane un cuarto, el del Nombre-del-Padre y también del síntoma. ¿Viviremos algún día esta trinidad nueva y exclusiva? Lacan, en todo caso, no hizo de ella un mensaje ni una buena nueva, y desapareció sin poder concluir mejor.

(Texto tomado de Pierre Kaufmann, Elementos para una enciclopedia de psicoanálisis)
Más aportaciones sobre lo que es el síntoma:

Fenómeno subjetivo que, para el psicoanálisis, constituye no el signo de una enfermedad sino la expresión de un conflicto inconsciente.

Para S. Freud (1892), el síntoma toma un sentido radicalmente nuevo a partir del momento en el que puede plantear que el síntoma de conversión histérico, que la mayoría consideraba una simulación, es de hecho una pantomima del deseo inconsciente, una expresión de lo reprimido. Concebido al principio como la conmemoración de un trauma, el síntoma se definirá más justamente en lo sucesivo como la expresión de un cumplimiento de deseo y la realización de un fantasma inconsciente que sirve al cumplimiento de ese deseo. En esta medida, es el retorno de una satisfacción sexual hace largo tiempo reprimida, pero también es una formación de compromiso, en tanto la represión se expresa igualmente en él.

Los postfreudianos van a insistir en la formación de compromiso. Lacan, por su parte, comienza por decir en 1958 que el síntoma «va en el sentido de un deseo de reconocimiento, pero este deseo permanece excluido, reprimido». Interesándose en lo real en tanto está comprometido en una relación singular con lo simbólico y lo imaginario, Lacan destaca que el síntoma no es el signo de un disfuncionamiento orgánico, como lo es normalmente para el médico y su saber médico: «viene de lo Real, es lo Real».
Precisando su pensamiento, explica que «el síntoma es el efecto de lo simbólico en lo real». En 1975 agrega que el síntoma es lo que la gente tiene de más real. Puesto que guarda escasa relación con lo imaginario, el síntoma no es una verdad que dependa de la significación. Y si es «la naturaleza propia de la realidad humana», la cura no puede en ningún caso consistir en erradicar al síntoma en tanto efecto de estructura del sujeto. En este sentido, no se lo puede disociar de los otros redondeles del nudo borromeo propuesto por Lacan para presentar su doctrina: lo real, lo simbólico y lo imaginario. Así, ciertos síntomas, como en el caso de Joyce, sobre quien trabajó Lacan [Seminario XXIII, 1975-76, «Le sinthome»], tienen una función de prótesis. Si lo imaginario se sustrae al cruce de lo simbólico y lo real, es posible anudarlo a estos dos últimos para «evitar» este derrape: se trata del cuarto redondel, el que procura por ejemplo a Joyce un yo sustitutivo, una prótesis, que es precisamente su actividad de escritor.

Por otra parte, Lacan arriba con ello a la hipótesis de un nudo que comprendería de entrada cuatro términos: el cuarto redondel, que también aquí es definido como síntoma, está a la vez en relación con el complejo de Edipo y el Nombre-del-Padre (cf. seminario citado ut supra). Sin embargo, como lo subraya Lacan en Conferencias y conversaciones, 1975, se tiene derecho a esperar que la cura psicoanalítica haga desaparecer los síntomas, pero, ¿es prudente suprimir la función de este cuarto redondel?

«Los neuróticos viven una vida difícil y nosotros tratamos de aliviar su malestar… Un análisis no debe ser llevado demasiado lejos, Cuando el analizante piensa que está feliz de vivir, ya es suficiente», escribe Lacan (ibíd.). Una separación del objeto de amor, por ejemplo a través de una interpretación salvaje, sobre todo si es justa, puede ser, justamente, catastrófica. Por eso, aunque en términos metafóricos y con contradicciones, Lacan creó el término sinthome [juego de palabras entre síntoma, santo hombre y Santo Tomás de Aquino, sobre la base de la antigua grafía en francés, mas semejante a la grafía del castellano] para designar al cuarto redondel del nudo borromeo, y para significar con ello que el síntoma [«symptôme»] debe «caer», de acuerdo con su etimología [la palabra, en griego, remite a «coincidencia»: lo que ocurre simultáneamente, pero también lo que cae simultáneamente], y que el «sinthome» es lo que no cae, pero se modifica, cambia para que sean posibles el goce y el deseo.

(Texto tomado de Roland Chemama y otros, Diccionario de psicoanálisis)

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